Los relatores del relato, un ladrillo más en la pared

Desde hace ya varios días los diarios de mayor tirada en la Argentina –Clarín y La Nación-, sumados a los medios de Editorial Perfil, vienen marcando una lógica discursiva-opositora basada en el lenguaje. Desde las páginas de eso que algunos llaman “la prensa hegemónica” (o “la corpo”) se puede observar que la mayoría de los columnistas “coinciden” en sus ideas acerca del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner: es solo un relato.

El gobierno es puro relato. Chamuyo. Gastan fortunas en publicidad oficial (eso es cierto) y nosotros –la sociedad, los argentinos- somos tan estúpidos que vamos y los votamos. Antes por lo menos nos daban el chori y la coca. Ahora ni eso. Son peores que Perón. Perón, al menos, les tiraba algunas migajas a sus votantes. Ella, CFK, ni eso.

El gobierno es puro relato. Repiten. Relato, relato, relato. Que no queden dudas de que es todo mentira. Videla (que ahora hasta opina) no está preso. Debe ser una mentira del gobierno. Parte del relato.

El gobierno es puro relato. Eso piensa el columnista estrella del diario Clarín, Eduardo Van der Kooy. “A pesar del relato, algo no anda bien”, decía en su editorial del fin de semana.[1]

El gobierno es puro relato. Lo vi en Perfil, lo contaba el doctor Nelson Castro. La volanta de su columna en el ¿diario? de Jorge Fontevecchia narraba: “Relato K vs. Realidad”[2]. La palabra “relato” aparece cinco veces en la nota. Relato. Relato. Relato. Relato. Relato.

El gobierno es puro relato. El dinero que reciben millones de argentinos en concepto de Asignación por hijo (para algunos analistas la razón principal para explicar el 54 por ciento de CFK en las últimas elecciones) debe ser de mentira. Plata falsa. Parte del relato.

El gobierno es puro relato. Lo dice “Pepe” Eliaschev cuando nos cuenta que la Argentina está “embriagada de relato”[3]. Ella, CFK, nos miente todos los días. Llora. Se emociona. Quiebra la voz. Miente. Relata.

El gobierno es puro relato. Eso cree Enrique Szewach, también en Perfil. “El nuevo relato económico”[4], titula. Relato. Relato. Relato.

El gobierno es puro relato. El FMI sigue aquí, presente. El Consenso de Washington nos dicta el camino. La política económica independiente es puro relato. El pago de la deuda al organismo fue ficticia. Otra mentirita. Relato.

El gobierno es puro relato. Lo dice Joaquín Morales Solá en La Nación. “La verdad no podría deshacer un buen relato”, escribió en su nota “¿Cómo ocultar 51 muertos?”[5]. Que no se malinterprete, no quiere tirarle los muertos a ella, CFK, y sacar rédito de la tragedia. Eso, también, es parte del relato.

El gobierno es puro relato. “La realidad pesa más que el relato”, enfatizó Néstor Scibona en la tribuna de doctrina[6].

El gobierno es puro relato. Es 678. Todo mentira. Galende, Barone, Russo. Y Cabito. La ley de medios nunca se sancionó. Lo que es cierto es la inflación. Pero, claro, la inflación no forma parte del relato.

El gobierno es puro relato. En fin, es lo que afirma el paladín de la objetividad, el doctor Mariano Grondona: “…la presidenta nos ha querido manipular mediante un elaborado relato”[7]. Nos ha querido, dice. Con ellos no ha podido. Ellos son los inteligentes, los que hablan latín, los que no necesitan de la limosna del gobierno (pero si alguna provincia, no sé, ponele San Luís, te tira un hueso, todo bien).

El gobierno es puro relato. Relato. Relato. Relato.

Van der Kooy, Morales Solá, Scibona, Grondona, Szewach, Eliaschev, Lanata y todos estos prestigiosos intelectuales mediáticos son, cada uno de ellos, constructores de un relato metalingüístico basado en convencer a los argentinos de que aquello que dice ella, CFK, no tiene nada que ver con lo que se vive en la calle.

Relatores que relatan el relato de ella, CFK. No hacen más que rendirle homenaje a Roger Waters en su visita a la Argentina. Son, cada uno de ellos, partes de un coro desafinado. Un ladrillo más en la pared.

El periodismo soy yo

Tenemos que mejorar la relación entre nosotros. Hay que quererse más, casi. Un periodista del diario Clarín pedía en Twitter que dejáramos de atacar a los periodistas ¿Cómo vas a decir eso de Obarrio? Con la experiencia que tiene Obarrio. La misma que Ventura, el de La Nación.

Momentos después, ese mismo periodista convencido se burlaba de Tognetti. No le creía su defensa de la minería, en estos días en que los argentinos nos hicimos todos ambientalistas (si fuéramos tan buenos, tal vez, Pino Solanas sacaría más del cinco por ciento de los votos en una elección presidencial).

Y después, no mucho después, el periodista convencido vociferaba en contra de Orlando Barone, el paradigma del mal periodismo.

Lo increpé.

¿Cómo puede ser que digas que hay que tratarse mejor? –le escribí- ¿y no tardes un minuto en atacar a los periodistas que no piensan como vos?

Me costó, pero entendí su idea. Al ver que se horrorizó cuando le dije que Morales Solá, Van der Kooy y Blanck manipulaban a la opinión pública, noté que el periodista convencido no se había contradecido. El equivocado era yo.

El equivocado era yo al pensar que para el periodista convencido Tognetti y Barone eran periodistas. No. Ellos, que piensan diferentes, que son los otros, que no se acoplan a nuestro mensaje, no pueden tener el mismo rótulo que nosotros.

El periodismo soy yo.

Eso piensa el periodista convencido, que tiene la suerte de pensar exactamente igual que sus jefes. Tal vez, quién sabe, también tuvo la suerte de cambiar de opinión hace unos años, cuando Clarín editorializaba diferente.

Saludos. Eso me dijo, cerrando la conversación. Me quedé con las ganas de decirle al periodista convencido que sí, que estaba bien. Que había conocido a muchos periodistas. Que los había visto trabajar. Que si. El periodismo sos vos.

Fanáticos

Esta es un texto resentido que me dieron ganas de escribir al ver que muchos me tildaban de “fanático”. Les debo las conclusiones. O espero leerlas de ustedes. La foto la había visto antes y me había gustado. Simpático el nene

Fanáticos. Las pasiones generan eso, fanáticos. Algunos son fanáticos de clubes de fútbol. Y van a la cancha, se bancan el maltrato de las barrabravas, de los dirigentes, de sus equipos que no dan dos pases seguidos. Y están ahí. Y saltan. Y agitan los brazos en un movimiento que, si se detuvieran a pensar un minuto, tiene algo de fascista y otro algo de irracional o estúpido (aunque fascista y estúpido bien podrían ser sinónimos).

Otros son fanáticos de la música. Del rock. De algún músico que compone más o menos bien, que canta en tono y toca la guitarra magistralmente. Cuando pueden –y a veces cuando no, también- van a los conciertos. Pagan la entrada, hacen la cola, y hasta esperan horas para que su artista preferido los salude con un ocasional “buenas noches Buenos Aires”. Y

lloran con alguna melodía, saltan con algún pogo embravecido. Son parte del show. Tararean hasta escucharse más ellos que el rock star. Transpiran. No se pueden sentar. Termina el show, desconcentración. A esperar al colectivo. Va lleno.

¿De qué se puede ser fanático? ¿De qué no? Las personas tenemos ideas. Podemos defenderlas ¿Vale la pena? Las ideas surgen de nosotros, de nuestra percepción de la realidad. Entonces son falibles, como nosotros. Pero sin embargo hay gente que se fanatiza con sus ideas. Tal vez el tiempo los vaya atemperando, aunque no a todos. Otros deciden “morir con las botas puestas”. No dar el brazo a torcer.

Pero hay un caso mucho más “preocupante”. Los fanáticos de las personas. Los hay dentro de los que disfrutan del fútbol –o de cualquier otro deporte-, de los que saltan con una banda de rock –o de cualquier otro género musical-, y también dentro del ámbito de las ideas políticas. Peronistas. Kirchneristas. Los “istas”.

Los “istas” no son tan seguidores como parecen a simple vista. A simple vista parecen convencidos. Fanáticos de Él. O de Ella. Al principio suena entendible. Esa persona puede representar las ideas de uno, llevarlas al campo de la acción. Entonces se la defiende, se la cuida.

Y si Maradona le dio un pase a los contrarios, será porque sus compañeros no están en la misma sintonía que el astro del fútbol mundial.

Algunos cortos de vista confunden a los “istas” con los que defienden ideas que, circunstancialmente, pueden estar siendo enarboladas por una persona. La diferencia es que los “istas” terminan justificando cualquier cosa. Los fanáticos de las personas dejan de ver sus ideas reflejadas y terminan reflejando las ideas de esa persona que adoran.

Sin embargo, lejos de pensar en un espacio binario donde estás de un lado o estás del otro o no estás, me preocupan otro tipo de fanáticos. Los que se esconden detrás de la máscara del “no podés fanatizarte”, pero terminan siendo el elenco que hubiera soñado David Griffith para Intolerancia. Son, justamente, los intolerantes.

Esos son los peores. No tiene nada que ver con la soberbia, con el humor. Es aún peor. Odian fanáticamente. En grandes dosis son peligrosos. No se enamoraron nunca de una idea o de una persona. Nunca se decepcionaron tampoco. Están invictos Y levantan el dedo. Te señalan. Te acusan a vos, porque defendés algo en lo que crees. No se dan cuenta de que perdieron la discusión antes de empezarla. Son fanáticos.

El relato detrás del relato

Los medios opositores al gobierno nacional y algunos periodistas conservadores han empezado en los últimos días a instalar la idea de que el kirchnerismo se está derrumbando. Luego de las derrotas del oficialismo en las elecciones de Capital Federal y Santa Fe –siempre basados en un corto plazo preocupante para quienes analizan la realidad social del país-, estimularon la idea de que el “relato” del gobierno nacional se había hecho pedazos.

¿Por qué hablan de relato? En principio hay una intención de generar la idea de que todo forma parte de una realidad construida. No hay ex represores presos, no existe la asignación por hijo, nunca se fundó la UNASUR. Todo eso es de mentirita; es parte de una historia diseñada para persuadir a los votantes que no piensan. No a ellos, siempre más vivos que los demás: ellos saben que es todo parte del relato.

Nadie puede desconocer el avance de los especialistas en marketing sobre la política. Esta idea de “videopolítica” está cada vez más arraigada en los partidos y en los líderes. Para muestra basta un botón: el ecuatoriano Jaime Durán Barba no vive escondido, sino que por el contrario publica libros y se jacta de sus estrategias para ganar elecciones.

Este es un proceso del que nadie está exento. Algunos en mayor medida que otros, pero se hace cada vez más evidente el vaciamiento de las ideas y su subordinación a la propaganda.

Pero más allá del marketing, siempre existió un relato. Es un escenario discursivo que cierne a conceptos políticos, sociales, económicos y culturales. En el caso del kirchnerismo, el relato está altamente ideologizado; pero es un concepto tan flexible que incluso su negación está permitida. “Lo nuestro es hacer, nada de ideologías”, aunque no lo parezca, también es un relato construido.

Lo importante es poder discernir si el relato tiene correspondencia o no con los hechos. En este estadio es donde cobran importancia los medios masivos de comunicación y toda su capacidad para la generación de sentidos. Hoy, en la lógica de “lo que no se ve no existe”, son justamente los medios los que deciden que es visible o invisible para gran parte de la sociedad.

Existe una disputa entre poderes distintos por imponer su visión de los hechos. Todo gobierno tiene poder y busca –legítimamente- conservarlo. Los grupos económicos también tienen y buscan poder, y para eso también generan relatos. Estos no son ni buenos ni malos, aunque algunos, por ignorancia o maldad, nos quieran vender gato por liebre. 

Los Cazakirchneristas

El rol de los medios de comunicación y de los periodistas estuvo históricamente asociado a la lucha contra el poder. En sus comienzos se trataba de periodistas aislados –en su mayoría anarquistas- que trabajaban en pequeños diarios y denunciaban a au archienemigo: el Estado.

Con los años cambiaron los periodistas, los medios, el Estado. Pero nunca varió esa vieja idea de que el objetivo fundamental de los trabajadores de prensa consiste en controlar y denunciar al poder político.

Pasamos de dictaduras a democracias, de monarquías al actual sistema de república; pasamos de pequeños diarios a grandes multimedios, verdaderos pulpos con tentáculos que van más allá del mercado mediático.

Esas transformaciones sacudieron a los periodistas. La pérdida de su credibilidad ha ido creciendo en los últimos años, en parte debido a su enfrentamiento con gobiernos democráticos que, por distintos motivos, han puesto en evidencia los verdaderos intereses de determinados grupos económicos-mediáticos.

Pero, más allá de todos estos cambios, el viejo axioma permanece allí, inalterable: si sos periodista tenés que luchar contra el gobierno. Buscar aquello que está sucio. El Estado, el enemigo.

En la Argentina actual nos hemos acostumbrados a escuchar voces que exigen más “libertad de expresión”. Esto -que resulta paradójico- encuentra un nuevo lugar para ser analizado: aquéllos que reclaman poder expresarse libremente no siempre son tan tolerantes con los discursos que no se acomodan a sus pensamientos o intereses.

Que están todos pagos, que son ciber k, twitterforajidos; que los manda La Cámpora, son mercenarios a sueldo. En esta lógica, 678 es una vergüenza  pero las variaciones de Jorge Lanata son aplaudidas.

No hay investigaciones, hay persecuciónes. SI Mercedes Sosa cantaba en un acto de Cristina Kirchner, estaba comprada. Si las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo comparten las políticas oficialistas, están cooptadas.

El mensaje es claro: el que tiene afinidad con el gobierno nacional que se calle la boca, que no diga nada. Si desobedece, se gana la tapa del diario y de alguna revista, con “investigaciones” de larga data que siempre están disponibles para volver a ser usadas cuando sea conveniente.

Esto es un ataque a la libertad de expresión. Fito Páez, no digas más que te da asco alguien que vota a Macri. Zaffaroni, no vuelvas a mostrarte a favor de la Ley de Medios.

Detrás de esta nada inocente lógica está la generación de un clima de opinión acorde al discurso dominante. Buscan eliminar las voces disonantes, que el coro suene perfecto. Son verdaderos cazakirchneristas, personas impolutas que, desde algún pedestal invisible, fustigan a aquellos que se animan no sólo a pensar, sino a expresarse en contra de sus intereses.

Ahora dicen que habría muerto la seguridad jurídica

La gente está preocupada. El avance estatal sobre la propiedad privada está llevando a la Argentina al aislamiento. El paso  por el país del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, parece haber calado hondo en el gobierno argentino: no fue suficiente la idea de querer designar directores en las empresas y ahora avanza sobre la limitación a la extranjerización de la tierra.

La gente está en peligro. Los inversores no creerán más en la Argentina. La escalada estatista que empezó en el año 2003 con la llegada al poder del ex presidente Néstor Kirchner ha aumentado significativamente en los últimos meses y los empresarios temen que, en caso de que la actual mandataria Cristina Kirchner ganara la reelección, se consume la temida chavización de la economía nacional.

La gente ya no sabe qué hacer. El gobierno nacional va por todo. Ha redoblado la apuesta y ha creado un clima de permanente crispación y conflicto social. Su carrera por la construcción del relato mediático no sabe de límites: en los últimos días se instaló el rumor de que habría pactado con el Grupo Clarín una tregua en la encarnizada guerra que llevan adelante desde que se pelearon allá por el 2008.

La gente está cansada. No quiere ver más a la presidenta hablando por cadena nacional. Pero la última vez fue el colmo: anunció el envío al Congreso de un proyecto contra la extranjerización de la tierra. Los capitales internacionales no podrán adquirir más de mil hectáreas. Pero se ve que, aunque sea muy en el fondo, hay algo de sentido común: el proyecto no contempla la retroactividad y se respetará el estado actual de la propiedad.

Pero la seguridad jurídica está en peligro. La gente lo sabe.

A qué le decimos Nunca Más

A que las instituciones del Estado no estén en manos de los representantes del pueblo. A que no exista un Congreso que legisle, una Justicia que sentencie y sea justa para todos, y un Ejecutivo que administre las riendas del país. A que no convivan los tres poderes, con fricciones lógicas pero necesarias, y a que no se limiten entre sí. A eso le decimos nunca más.

A que los que ostentan el poder real se sientan con el poder de hacer que nada cambie. A que asalten el Gobierno cualquier madrugada con sus tanques y sus aviones. A que bombardeen la Plaza de Mayo. A que maten en nombre del Estado y la paz social a cualquier argentino. A que torturen. A que se apropien de lo que no les corresponde. A eso le decimos nunca más.

A que personas elegidas por unos pocos en una mesa redonda, en algún lugar debajo de la tierra, sean las encargadas de “encarrilar” la economía para favorecer a los que siempre salen favorecidos. A que destruyan nuestra industria. A que nos quiten lo poco o mucho que tenemos bajo el lema de la “seguridad jurídica”. A eso le decimos nunca más.

A que haya una persona que se crea omnipotente. A que algunos puedan decidir cuánto vale la vida de un obrero o de un militante o de un estudiante. A que no reconozcan nuestros derechos. A que nos maten por reclamarlos. A que no nos dejen salir a la calle. O tener el pelo largo, o cantar una que sepamos todos. A eso le decimos nunca más.

A que nos mientan en la cara. A que nadie les pregunte nada. A que las tapas de los medios nos digan que “vamos ganando”. A que los curas buenos sean asesinados y los malos sean cardenales. A que nos lleven a la guerra. A que nos maltraten en la guerra. A que nos asusten, a que nos azoten. A que nos quiten nuestra identidad.

A todo eso le decimos nunca más.

Alcahuetes K

Algunos gurús del marketing político aseguran que en una carrera electoral siempre es mejor partir último. Sólo así se explica que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner todavía no se haya hecho los rulos y estire su lanzamiento como candidata a la reelección, que es un secreto a voces.

El aparato comunicacional del gobierno, que tiene como principal objetivo cuidar la ventaja que Cristina tiene hoy en las encuestas de opinión, puede encontrar grietas insospechadas si no emite una directiva directa y concreta a todos los sectores que conforman el kirchnerismo.

En los últimos días pasaron dos episodios que deben poner en alerta al Gobierno nacional. En primer lugar, las inoportunas declaraciones de la diputada nacional por el Frente para la Victoria Diana Conti. La legisladora no se puso colorada al autodefinirse como una ultra K y expresó que quiere a una “Cristina eterna”, por lo que piensa en la posibilidad de modificar la Constitución para permitir la reelección indefinida.

Conti fue desautorizada por la mismísima presidenta. En la inauguración del año legislativo, CFK –sabedora que los aires de eternidad no suelen caer bien en la sociedad- enterró cualquier atisbo de perpetuidad en el poder e incluso sembró un manto de dudas acerca de su postulación para las elecciones de este año.

Por otro lado, un grupo de intelectuales cercanos al gobierno se manifestó en contra de que el escritor Mario Vargas Llosa, último premio Nobel de Literatura, abriera la próxima Feria del Libro. La razón era que el peruano ha expresado comentarios peyorativo en varias oportunidades sobre el gobierno nacional argentino y, más, acerca de cualquier político de tinte nacional y popular.

Otra vez debió salir Cristina a calmar las aguas: se comunicó con los intelectuales para decirles que no se debe poner ningún reparo que atente contra la libertad de expresión. Aunque entendió el sentido de la molestia, desactivó un problema que podía ser utilizado por sus detractores como una señal de intolerancia.

Todo indica que CFK anunciará en los próximos días su candidatura presidencial –tal vez en el acto del próximo 11 de marzo en el estadio de Huracán-. Así volverá a poner blanco sobre negro.

Faltan varios meses todavía para las elecciones de octubre, pero por el momento CFK encabeza todas las encuestas. Mauricio Macri y Ricardo Alfonsín, los principales candidatos opositores, están estancados. Hoy no son un escollo tan importante como sí lo son los que, incluso con buena fe, quieren ser más cristinistas que Cristina.

(Cerca de la apología) Quedáte, Gadafi

La televisión nos muestra como el efecto dominó amenaza con terminar la hegemonía de Muamar el Gadafi en Libia. Las calles de Trípoli lucen repletas de gente con ansiedad revolucionaria, con ganas de un cambio profundo. La multitud pide la cabeza del líder espiritual de la Nación, del hombre que sin ostentar ningún cargo político rige los destinos del país.

Allá por 1969, en medio de la guerra fría, Gadafi irrumpió en la escena política de Libia. Hasta la actualidad, controla los destinos políticos, económicos y sociales con mano de hierro. No le tembló el pulso para nacionalizar bancos, empresas y recursos naturales; tampoco para instaurar el socialismo del tercer mundo, esa bandera que todavía levanta. Hoy, no piensa dos veces antes de reprimir salvajemente a la manifestación popular.

El viento de cola sopla como un huracán embravecido en el mundo árabe. La democracia lucha por imponerse. Los dueños del petróleo se resisten, aún cuando el precio se cuenta en litros de sangre derramada. Lo que empezó en Túnez y siguió en Egipto, llegó a Libia casi por decantación.

Pero algo no cierra. El mundo mira expectante los movimientos en Medio Oriente. Y, como no puede ser de otra manera, Estados Unidos lo hace más que ningún otro. El presidente Barack Obama –el que prometió el cambio y nada cambió- dijo que Gadafi debe marcharse lo antes posible. Lo mismo habían dicho sobre el ex mandatario egipcio, Hosni Mubarak.

Las expresiones de Obama parecen obra del sentido común. Lástima que al mandamás de la Casa Blanca se le escapó la tortuga: incitó a que el dominó llegara a Irán y se cobrara una nueva víctima, Mahmud Ahmadineyad, presidente de Irán.

Medio Oriente es una región clave: hay petróleo debajo de las rocas. Allí se encuentra también el Estado judío de Israel, un enclave semi europeo con un ejército gigante que cuenta con el apoyo de Estados Unidos. Es una zona estratégica por donde se la mire. Y los norteamericanos lo saben.

Por eso nada garantiza que la democracia se imponga en Libia ni en Egipto ni en Túnez. Con el Departamento de Estado monitoreando todo desde cerca, el desastre de Irak se hace patente. Allí la intervención de EE.UU se cuenta en muertos civiles y en un gobierno adicto que no puede hacer frente al estado de crisis permanente que dejó la invasión estadounidense que no encontró armas de destrucción masiva (pero sí mucho crudo).

La revolución debe ser de los libios o no debe ser. Para que nada cambie o, peor, para que giren a la derecha, mejor quedáte, Gadafi. Ninguna herida cicatrizará hasta que sea el propio pueblo libio el que le haga pagar, con todas las de la ley, por su avaricia y sus crímenes.

Lanata viejo

Jorge Lanata no es otra cosa que una víctima. No una víctima de la inseguridad que los medios nos cuentan a diario. Tampoco de ataques a la libertad de expresión, de la que también los multimedios nos hablan todos los días. Lanata es una víctima porque, justamente, empezó a decir lo mismo que dicen los demás, lo mismo que dicen Clarín y La Nación.

La postura irreverente del viejo Lanata mermó en una más plácida que lleva a que el Lanata viejo, este de ahora, se siente en la mesa de Mirtha Legrand a decirle “sos la reina, sos la número uno”. La rebeldía la perdió y nunca más la volvió a encontrar. O, peor, nunca más la volvió a buscar.

Cuando fundó Página 12 fundó más que un diario: era un espacio de pertenencia para los argentinos de izquierda (o progresistas o como se los quiera llamar), que estaban cansados del menemismo, de Cavallo, de Duhalde, de todos. Página 12 era una crítica constante a la política pizza con champagne, a la no-política. Un ejemplo:

Pero el Lanata viejo, aunque lejos de la transgresión, decidió seguir haciendo lo mismo toda la vida. Y así dijo que Menem y Kirchner eran lo mismo. Entonces, en su diario Crítica caratuló al conflicto del gobierno con la Mesa de Enlace como “guerra gaucha”, brindando una visión igual de reducida a la que ofrecieron los medios hegemónicos.

Lanata siguió pegándole a la política, por el hecho de que era política. El periodista contra el poder. No se dio cuenta –tampoco lo hicieron otros periodistas relacionados a la izquierda- de que su público ya no quería lo mismo. Nosotros habíamos cambiado y él tenía que acompañarnos.

Sin embargo dijo que había que ponerse del lugar del más débil. Allí su figura se hizo trizas, estalló por los aires. Defendió a Clarín y La Nación en la causa Papel Prensa, cuando había hecho una carrera de los ataques a esos medios por los abusos que significaban, por caso, ser los dueños del papel y venderlo a precios diferenciados.

Lanata dijo lo mismo que dice Magnetto. El viejo Lanata pedía por la equidad, por los derechos humanos. Nuestro Lanata era osado, irreverente, contestatario y, ante todo, justo, porque amenazaba al poder. Ahora, el Lanata viejo sigue pegando y pegando, pero solo a la política, haciendo la vista gorda del poder real.

Los vientos cambiaron pero Lanata siguió siendo el mismo. Su discurso se homogenizó con el de los súpermedios que siempre criticó. Dejó de ser una voz que se distinguía para ser una más de un coro desafinado. Envejeció de golpe. El viejo Lanata es una víctima del Lanata viejo, ese que ahora, justo ahora, se sienta en la misma mesa de Duhalde y Biolcati, la mesa de Mirtha, “la número uno”.

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